El equipo de carreras francés Ligier recientemente llamó la atención con un tiempo de vuelta deliberadamente lento en Nürburgring, celebrando irónicamente una “historia gloriosa”. Pero detrás del humor se esconde una extraordinaria historia de éxito personal, un viaje desde las dificultades rurales hasta la cima del automovilismo.
Vida temprana y ascenso al negocio
El camino de Guy Ligier fue todo menos convencional. Quedó huérfano a los siete años y dejó la escuela a los 14 sin educación formal, encontró trabajo como ayudante de carnicero. Sin embargo, esto no fue un callejón sin salida. Ligier poseía un atletismo excepcional, sobresaliendo en remo y rugby internacional durante su servicio militar, donde perfeccionó rasgos cruciales tanto para los deportes como para los negocios: competición, resiliencia y trabajo en equipo.
En 1960, Ligier ya había comenzado a forjar su propio destino. Compró una topadora usada y trabajó incansablemente jornadas de 18 horas, estableciendo una empresa de construcción que rápidamente se expandió a 1.000 empleados y una valoración multimillonaria. Su éxito se basó en una fórmula simple pero brutal: “Acepta el trabajo más difícil y hazlo más rápido que tus competidores”. Este enfoque agresivo definiría su carrera tanto en los negocios como en las carreras.
De Le Mans a la Fórmula 1
La entrada de Ligier en el deporte del motor se produjo en 1964, terminando séptimo en las 24 Horas de Le Mans mientras conducía para un importador de Porsche. La transición de magnate de la construcción a piloto de carreras tomó sólo siete años, un ascenso notablemente rápido impulsado por la ambición personal. Entró en la Fórmula 1 en 1966, adquirió un Cooper y debutó en Mónaco. Aunque su carrera en la F1 duró poco, marcada por accidentes (incluido un incidente casi fatal en Nürburgring) y maquinaria poco competitiva, consiguió un único resultado con puntos antes de retirarse después de 13 carreras de Gran Premio.
La historia de Ligier es un testimonio de pura determinación y visión para los negocios. Su ascenso de la pobreza rural a la realeza de las carreras subraya el poder de una ética de trabajo incansable y la voluntad de asumir desafíos que otros evitan. Destaca cómo el éxito puede forjarse no mediante privilegios sino mediante pura fuerza de voluntad.


















